Una vieja Zenit 122, una Canon AE-1 y un whisky

Una vieja Zenit 122, una Canon AE-1 y un whisky

¿Quién no ha tenido esos domingos aburridos?; así yo, estaba recostado en la cama viendo un poco de televisión, es domingo a las 10 a.m., mi esposa e hijos se habían ido a casa de mi madre; yo, por el contrario, sentía la fuerte necesidad de sentarme a escribir; sin embargo, una fuerza invisible me tenía rehén en la cama. Suena el teléfono – ¿Vendrás a almorzar? – pregunta mi hermana, y así de la nada me encontraba camino a casa de mi madre, llevaba mi mochila con algo de ropa extra y mi cámara fotográfica (nunca se sabe que podría fotografiar uno en el camino). Al llegar a casa, me encuentro con mi padre y el suegro de mi hermana, sentados viendo el futbol y bebiendo una botella de whisky que acababan de abrir y la comida de mi madre caliente en la mesa, ya servida. Comimos, bebimos; y así de la nada, se configuró una tarde, la mar de entretenida.

Cámara Canon AE-1

Mientras bebíamos y mirábamos el futbol, me invadió una curiosidad extraña… entrar en la oficina de mi padre y buscar su 60D y ver que fotos nuevas ahí había – siempre he dicho que no soy un fotógrafo profesional, pero mi padre si que lo es, al menos él estudió fotografía, no como yo que soy un aficionado – así fue que me encontré curioseando y ahí la vi; estaba ahí tan solitaria pero bien cuidada, la acababan de limpiar, era mi primera cámara fotográfica, sí, mi primera cámara fotográfica era una réflex rusa, mi antigua Zenit 122 de 1989, fue la cámara con la que mi padre me enseñó a tomar fotos cuando era tan solo un niño; también estaba su vieja Canon AE-1 de 1981; hubiera sido genial encontrarlas con un viejo rollo dentro, sin embargo la vida no es perfecta, pero los momentos sí. El recuerdo vino a mí, de aquel lejano 1999 cuando fuimos a hacer una caminata de 3 días hacia Machupicchu, y cargamos con esos viejos cacharros, unos buenos rollos y mucha comida para el camino. No se describir lo que sentí, las llevé a la mesa y continuamos bebiendo aquella fascinante botella de Knob Creek, que al final de la tarde dejamos vacía al tiempo que nos llenábamos de whisky y recuerdos, fue inevitable, tome mi cámara le puse un objetivo de 50mm focal fija y empecé a fotografiar los viejos cacharros, trate de que la imagen hablara de los viajes que hicimos, los libros, los momentos y por supuesto, el encuentro con la modernidad, que dejó a esos viejos cacharros desfasados y guardados.

Fue mucho lo que hoy viví, no todos los días uno recuerda sucesos de hacía 20 años atrás, así que para comprobarlo, para demostrarme que estos habían sucedido realmente, busqué los viejos álbumes, y ahí las vi, habían fotografías de la vieja Zenit, fotografías en Machupicchu, con sus escarpadas montañas, fotos viejas y llenas de ruido, pude ver a mi padre ahí parado, mirando el basto terreno; pero yo necesitaba algo más, debía haber al menos una fotografía, al menos una mía y de mi Zenit, como si necesitara alguna prueba para convencerme de que realmente era yo el responsable de aquellas fotos, como si alguien estaría poniendo en duda lo recordado, o lo relatado; y ahí estaba, era la única prueba, la única; una discreta foto en la que me encuentro parado a la izquierda de la foto, con un polo blanco y una casaca ploma, ahí todo delgaducho y discretamente se deja ver, ahí la correa del estuche donde la tenía guardada, dentro de mi casaca para protegerla de la lluvia de aquella mañana en el segundo día de caminata protegida de la lluvia y colgada al cuello esta la Zenit.

Esto es lo hermoso de la fotografía. Saber que puedes guardar para siempre un recuerdo. Una graduación, un nacimiento, un viaje con tu padre, un campeonato; o simplemente un edifico que ya no está, una flor, un rostro, una persona amada que no se encuentra más en este mundo, un instante… eso es la fotografía, es congelar un instante y poder guardarlo, así como lo tienes, en el corazón; guardarlo por siempre entre tus cosas y saber que realmente pasó, que sí sucedió, y mirar por esa pequeña ventana 20 años atrás, y saber que lo hermoso de la vida es que  todo acaba, pero podemos inmortalizar momentos hermosos.

Ahora no sé qué haré con la Zenit, supongo que buscar en algún lugar un rollo, y ver que puedo fotografiar con ella.

Posted on: Abril 15, 2019Erick Guiomar

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